
Espero tu bruma como única válvula de escritura. Quizás nacido del silencio, de la ensoñación, de la simple y vana conquista de un deseo nacido de una coincidencia falaz y alguna otra que viajó por el tiempo y se posó allí mismo, en aquél cementerio de olas soleado. Me pregunto, en esta situación extraña en la que me reconozco, sin saber a ciencia cierta qué secreto se me ha otorgado, qué comunicación debo dar, de qué manera puedo legitimar mi estancia en el mundo de la carne a través de una búsqueda que desde lejos es irreconocible, sometida por el calor del aire en un día terriblemente soleado en los planes del Tolima —por esas imágenes invisibles—apenas palpables por un ojo pueril—, que me daban la impresión, cuando era pequeño, de poder contemplar un oasis del Sahara sin necesidad alguna de trasladarme hasta allí—, y me entenderás que desde cerca tampoco logro limpiarla, tampoco logro comprenderla, me incita a seguir en movimiento— ¿hacia qué? ¿hacia dónde? ¿hacia cuándo?— lo he dejado de saber. En medio de una vorágine sensual, en medio de un torbellino de búsquedas y de anhelos, en que escapo de cada instancia solemne y me dejo perder entre los abismos de la instantaneidad, de la no-perdurabilidad del tiempo, de la chispa, escuché tu voz saliendo de alguna concavidad perdida de mí en la medida en que la había dejado de esperar, porque pensé, entonces, que la espera implicaba una búsqueda convulsa. No anhelo perder la razón: deseo todo aquello que la razón me hace perder (Alquié). Someto tu compañía a un incesante examen apenas comprensible en nuevos viajeros que aún se sorprenden con conocer un nuevo bálsamo—una nueva poción— un nuevo sortilegio— y camino irresistiblemente por el sendero circular de tu castillo de cristal. ¿Qué implica, me pregunto, escuchar de ti? ¿Qué puertas abrirías, qué cuevas destruirías, qué pasajes demolerías? Me postro ante tu bruma a sabiendas de que puedo perderlo todo con la convicción de que nada me pertenece; anhelo reconocer el mapa lunar de tus labios a sabiendas de que podría perderme en tus arenas movedizas; me asomo a tu mirada como un Sísifo luchando por su condena; me escribo frente a una tiniebla. En la oscuridad latente—marítima—incendiaria— de mis ojos cerrados, leo una a una tus sílabas implacables.
Barcelona, mayo 11 de 2009


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