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Mostrando las entradas con la etiqueta azar objetivo

Agua

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Hoy en la noche, mientras preparaba un plato de espaguetis con una salsa que ya se me había ocurrido alguna otra vez. El agua había empezado a hervir, pero antes de esto ya había yo picado la mitad de la cebolla de Gerona, morada como un repollo sin tener absolutamente nada que ver, y la otra mitad de cebolla normal como un redondel, blanca como cualquier otra, y dos ajos. Mientras puse a fuego lento la combinación de todo esto mas un calabacín picado en finas esquinas, cada una independiente, en una buena cantidad de aceite de oliva sin olvidar la sal y la pimienta, y luego de haberlo dejado una buena veintena de minutos allí cocerse y soltar y dar sabor, decidí que era momento de poner los tomates picados en cuadrantes no del todo perfectos. Para esto, saqué un limpión, y sostenidos en la misma mano comencé a lavarlos. Mientras caía el agua de la llave imaginé los centenares de miles de hogares que exactamente en ese momento estaban haciendo eso: lavando un tomate. Aún así, pensé: “N...

Old father, old artificer

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En estos tiempos magníficos, le cedo mi voluntad y destino al azar, qui seul parmi les divinités a savait garder son prestige . De nada me sirve planear encuentros, si me niego a vivir en un mundo profano. De nada sirve empujar, elucubrar, planear: lejos de mí están las ínfulas de un ingeniero urbano. No soy yo quien crea el encuentro, la rencontre , la sensación, la sorpresa. Mi única amante es el azar, que tiene ese cuerpo que adopta siempre tantas caras. Azar, mantenme siempre bajo tus alas, resguárdame de la vida precisa, meticulosa, planeada. Déjame en el punto justo y preciso del encuentro amoroso, y entonces desaparece para siempre. Pero ahora me rindo ante ti, humilde y observador, para que hagas de mi vagabondage una aventura en el bosque. París, 5 de febrero de 2009

Hommage à la fugitive beauté

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Ya me había parecido verte detrás de algún mostrador de alguna biblioteca pública, buscando entre una montaña de libros alguno que yo había pedido: no recuerdo el título pero sí te recuerdo a ti, con una sencilla camiseta gris que mostraba los contornos de tu cuerpo suave y almidonado, permitiendo al café de tu pelo crear algún tipo de marea misteriosa en la medialuna de tu espalda. Entonces supe que debía pedir todos mis libros después de cierta hora, porque no me tomó mucho comprender que estabas allí de medio tiempo, sobre todo en las noches, y eso que desde siempre me ha parecido que las tardes invernales resaltan la belleza efímera. Pero nunca la organización de los días será del todo benévola, porque hubo un día en que dejaste de ir; jamás supe por qué, no podría ser de otra manera ya que jamás logré hablarte más allá de dos o tres préstamos que aún estaban pendientes. Sé que alguna vez te sonrojaste cuando pregunté por un título, y sé que más de una vez puse cara de tonto cuan...

Despidiendo a Marie-Claire

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Ahora, al día siguiente y luego de haberlo pensado con la cabeza tranquila, tengo la certeza de que se trata de una coincidencia: justamente he estado leyendo por estos días acerca de las teorías de Baudelaire sobre las correspondencias, el mundo invisible y la manera como debemos entender los símbolos que podemos leer en la Naturaleza- resolver los hieroglíficos que encontramos día a día en aquello que acontece. Caí en cuenta de que todas las alarmas que tiene mi teléfono celular me habían aburrido—despertar con un sonido ensordecedor es quizás la peor pesadilla para cualquier durmiente. Así que decidí activar la alarma del iPod, y escogí una canción que, hace dos días, sonó estupendamente en el momento de mi levantada: “Eclair de Lune” de Scsi-9. El dinamismo con el que empieza la canción, primero con unos leves y reveladores acordes, para luego hacer sonar la percusión y las lentas progresiones de los sonidos del teclado se me figuraron como una metáfora perfecta el despertar—aquell...

Hotel Dante

Siempre me cuesta algo de trabajo decidirme por un camino a casa, sobre todo cuando tengo un ramillete de posibilidades para escoger. Esto sólo sucede cuando se está estrenando camino a casa, que es precisamente lo que sucede ahora. Sin más, aún tengo que venir de la vieja casa casi a diario, porque desocupar un piso de las pertenencias propias es abrir los ojos y reconocer todos los objetos inservibles que vamos recolectado—que a pesar de ser inservibles y de disfrutar de un nuevo nacimiento a la realidad, empolvados y hasta entonces ignorados en alguna esquina de un diván, en la segunda aldaba de una biblioteca café que jamás me gustó, o detrás de esa linda mesa de luz que ha ocultado su blanco después del tiempo. Con una mochila atravesada en la espalda y un cubo metálico y cilíndrico apretado en la canasta del bicing, decidí tomar Valencia hasta encontrar de frente Enric Granados. En algún punto, como siempre, intento evitar las largas cuadras, y dejo a la bici zigzaguear por larga...

Un encuentro fortuito

Hace un par de días, pasando justo al frente del Mercadona. Aterrizó en mis gafas algún tipo de insecto que no logré reconocer de inmediato. Como no llevaba ninguna bolsa, simplemente me llevé la mano derecha hacia la cara, y sacudí el aire pensando que era algún mosquito volando al frente. Pero no fue así, porque se encontraba entre el lente y mi ojo, pequeño, demasiado pequeño como para ser una amenaza. Como era apenas evidente, a tan corta distancia no podía ver nada. Así que me quité las gafas, y ahí la vi, una pequeña araña que caminaba a gusto, fue y volvió unas dos veces, hasta que de repente, usando ese dinamismo que sólo le corresponde a las arañas, suspendió el mundo que nos rodeaba alrededor suyo, y descendió un par de centímetros, pero muchos para ella. Elevé las gafas, para ver de más cerca el mismo movimiento, la suspensión, la fijeza de la mirada en un punto exacto en movimiento. Tenía el lomo bermejo, o eso creo. Tenía la apariciencia que dan todas las arañas pequeñas, ...

Camino a Menfis

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No creo que haya sido una coincidencia, pero definitivamente se trató de una reaparición que pude recordar plenamente. Ya me había pasado un par de veces, pero siempre lo atribuí al conocimiento previo del término, razón por la cual lo pude reconocer. Pero no me había sucedido con nombres de lugares. Hace poco, en la transcripción de ese gran manuscrito, me topé con la ciudad de Menfis. Yo había oído hablar de la otra, de Memphis, aquella ciudad donde muchos fanáticos un tanto trasnochados afirman haber visto, hasta hace relativamente poco, a Elvis comprando en algún supermercado. Pero nunca la había visto con una efe, así llanamente, sin mayor preámbulo. Estoy seguro de que nunca antes la había visto, porque de haberlo hecho, me hubiera llamado la atención precisamente esto, la variación entre el ph por la f, y hubiera reconocido algo novedoso. Una vez la conocí, supe que se trataba de la capital del antiguo imperio egipcio, localizada a 19 kilómetros del El Cairo. La anoté mentalment...

Now is the winter of our discontent

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Aún no logro acostumbrarme al cambio de las estaciones. Siento que domino el espacio hasta el momento en que el sol cambia de color, es necesario llevar un saco, el gris predomina. Es entonces cuando soy más consciente que nunca del tiempo, de su paso y de su acontecer. Y no solo es el cambio de colores naturales o de fachadas de edificios, sino el cambio de aquello que define la modernidad de una ciudad: la moda. Es necesario cambiar de posición las prendas del armario, guardar en el fondo del armario o dentro de una caja al fondo del armario las chanclas que acompañaron, y también las sandalias del otoño. El guardarropa de la entrada vuelve a ser visible, y las pantalonetas se ahogan entre ropa de lana al fondo del cajón. Y con todos estos complementos también cambian los objetos encontrados de las calles: ya no son camisetas sino bufandas, ya no es una sandalia solitaria sino un gorro maltrecho. También, sobre todo, es la pareja de guantes. Su aparición es inmediata. En todas part...

Dedaliana (II)

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No hace mucho, en el bus, sentí un olor particular. No pude reconocer qué olor era precisamente, pero sí sabía que ya lo había sentido en alguna otra ocasión. Pero me llegó a la mente no el “referente” de ese olor, sino un olor que ese olor me recordaba. Ahora que veo escrita la palabra, goza de una extrañeza sin precedentes: olor. Si hubiera escrito color , esa palabra tendría un color en particular: el negro de la letra del computador. Sin embargo, escribir olor no comporta ninguna acción performativa, en la medida en que es neutra, no propicia a una combinación de lenguajes. Al principio, el olor que sentí era desconocido, pero ya pasando la calle Trafalgar lo reconocí como una aroma de vainilla. Pero al reconocer el referente del olor—la vainilla—, olvidé el otro olor que estaba tratando de recordar, que era el que realmente me llamaba la atención, quizás porque me conectaría con alguna persona que hacía mucho no veía, o con una situación en particular. Sé que la persona o la sit...

Un descuido repentino

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Cuando preparo lecturas para la tesis doctoral, siempre obro de la misma manera: a medida que voy leyendo, extraigo las citas más importantes, esribiéndolas de una vez en un programa especialmente diseñado por un amigo. Ayer, preparando El campesino de París de Aragon, hice exactamente lo mismo. Al terminar una sección del libro, luego de haber tipografiado una docena de citas, el computador se apagó repentinamente, sin explicación. No fue un problema de luz, ya que el computador de mi compañero de oficina seguía zumbando monótonamente. Al encender el mío, comprobé lo inevitable: no se había guardado el trabajo realizado. Fue así como volví sobre la lectura, y vaya sorpresa la que me llevé cuando comprobé que había omitido una cita, quizás la más importante de toda la sección. Fue una página que dejé de leer por descuido, porque pude haber dejado el libro abierto y al retomarlo, sin darme cuenta, continué con su lectura en la página siguiente-valioso contaste, el libro como un pasaje,...

Un shuffle sentimental

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¿Qué es preferible cuando se utiliza el iPod, oír una playlist o activar el shuffle songs? Definitivamente, tiendo cada vez más hacia el shuffle songs, y las razones son variadas. Estoy casi seguro de que la selección de canciones no se debe a un azar absoluto, a un capricho desinteresado de la pequeña máquina acompañante porque nada tecnológico puede optar por esto, máxime sabiendo que el mismo aparato tiene un contador preciso de cada una de las canciones que oímos. Sin lugar a dudas, debe tener algún programa que permita hacer la selección de canciones dependiendo de un logaritmo, algoritmo, ecuación, no sé qué, y qué importa. Estoy seguro de esto. Sin embargo, siempre que activo el shuffle songs, me gusta pensar lo contrario, lo primera opción tan fácilmente rechazada, precisamente porque desconozco el funcionamiento interno. En esta medida, me gusta pensar que mi iPod (que, ahora que lo pienso, al contrario de las bicis que he tenido, carece de nombre ; sin lugar a dudas, habrá qu...

Al desocupado lector de blog

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¿Cómo llegaste hasta acá, desocupado lector de blog? Desde hace unos días instalé un contador, que me indica la hora y la procedencia de cada una de las visitas que ha recibido. Hay ciudades apenas comprensibles, como lo pueden ser Bogotá o Barcelona, pero luego está el terreno de lo ignoto, de la imaginación imparable, cuando veo otras visitas de El Hoyuelo, de Zaragoza, Lima, Entre Ríos y Caracas, etc. Ha caído alguna ciudad italiana, y también-para mi completo estupor- Dubai y algo de Lituania. Visitante fugaz, llévate un poco de esta lectura en tu camino incansable hacia el aniquilamiento del aburrimiento. ¿Qué te hizo tardar, qué te hizo darte tanta prisa? ¿Desde qué cuarto, desde qué hotel, desde qué parque vienes con tu desocupada mirada? ¿De qué color es tu aburrimiento? Después de todo, la carne sigue estando triste. ¿Quién eres, al otro lado de la pantalla? ¿Qué camino te trajo hasta este blog? ¿Acaso fue un link desde algún otro, acaso fue una entrada de google, acaso fue un...

El azar objetivo

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Como siempre, un viaje a París es más que un desplazamieno físico. Es volver sobre un libro medianamente leído, con la gran ventaja de enfrentarse al libro de arena de Borges. Sé que esto no pasa únicamente en París, puesto que muchas otras ciudades cuentan con la increíble facultad de representarse y recrearse a sí mismas. Con París me pasa siempre igual: olvido sus calles cuando no estoy allí, y pasa a formar parte de un recuerdo literario, de una conversación mantenida con las eventuales dificultades mnemotécnicas. Sin embargo, y he aquí el encanto, siempre que vuelvo emprendo el mismo recorrido: desde el boulevard Saint-Michel por la rue Soufflot hasta el Panteón, luego la plaza St. Jacques y la rue de l'estrapade, hasta la plaza de la Contrescarpe y bajar por la Mouffetard hasta dar con la Avenue des Gobelins y encontrarme de frente, muchos minutos después, con la Place d'Italie, y entonces volverme y ver como una silueta imperiosa el Panteón, y más lejos la torre. A medid...