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Mostrando las entradas con la etiqueta melancolía

Bilis negra

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Sin siquiera darme cuenta, de un momento a otro, vuelve sobre mí la sensación amorfa, monstruosa, minotaurica. No hay lenguaje alguno que logre sobrellevarla— en estos momentos rasgo el fondo de mi pensamiento, extraigo de él una esencia invisible, inexpugnable, etérea—, y el cuerpo es partícipe de aquello que tan solo se siente en el interior, en ese cuerpo que nunca hemos visto, en esa carne que está triste y en ese líquido negro que se había escondido tras la coyuntura de algún hueso del pasado. ¿Cómo es posible tanta sorpresa, cómo es posible esta catarata de imágenes que me vuelcan sobre el pensamiento melancólico? Me duele alguna parte del cuerpo, pero me duele precisamente aquella de la que carezco. Adolesco de mi propia prótesis, y es allí donde se concentran mis desventuras. He escuchado muchas veces a recién amputados que sienten el fantasma del cuerpo ausente; sienten una rasquiña en la palma de la mano que ya dejó de formar parte de su cuerpo, sienten un calambre en las pan...

Bogatell

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Venir a la playa en invierno es buscar la soledad, quizás una de las soledades más apacibles y férreas que jamás encontraremos. Lejos queda el barullo del centro, las aceras infestadas, los malentendidos transeúntes que siempre esperan un momento para caminar solitariamente. No; acá es distinto. Es distinto porque sólo se busca la soledad cuando ya se está solo, cuando el sentimiento impune de la melancolía ya se ha establecido dentro de nosotros y nos obliga a huir hacia entornos más solitarios, aún más esquivos, aún más desdichados. Pero no; esta no es la palabra. La desdicha no me acompaña, así haya cargado con algo de dicha en los últimos días. Vengo porque en el suave latir del viento y en el silencioso romper de las olas encuentro un costado afín mío: encuentro la tranquilidad de la soledad. A lo lejos un cielo ensangrentado se bate con las farolas amarillas recién encendidas, y yo le doy la espalda a los dos. Acá, en esta banca que ya me vio algún otro día, le doy la espalda a t...

Un domingo primaveral

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Las ciudades se conocen los domingos. Es entonces cuando vemos su verdadera cara, el séptimo día, libre de máscaras, sin movimiento, espacios transitados que ignoran el tiempo y las tareas oportunas. Conocemos las ciudades los domingos porque es el domingo el día en que en realidad sabemos quiénes somos, conocemos nuestras andanzas caseras o citadinas. En esta medida, es inegable que la ciudad es siempre un espacio interior: una puesta en escena que, como Narciso mirando su rostro en el lago, nos permite entender nuestras facciones. La ciudad es nosotros: somos uno solo con ella. Y esto sucede, aún más que el lunes, el séptimo día. Tuve que venir hoy domingo hasta la universidad para hacer unas impresiones tan largas que sólo pueden hacerse cuando no hay nadie en fila. Caminé desde mi casa hasta Plaza Universidad, donde está la estación de Bicing más cercana, y así poder dar con una que me trajera hasta acá. El domingo se siente en el aire: calles desocupadas, de vez en cuando el soni...