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En la altura

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Mi paso por la ciudad implicó un doble vacío: no me quedaría allí, y de quedarme no te habría encontrado. En pleno descenso sentí los cero grados con los que recibiría a sus viajeros, todos de madrugada. Caminé lo justo, buscando la puerta asignada, atravesando controles infames, policías injustos, sabiéndome en tenso movimiento. Sin embargo tu presencia etérea aplacó cualquier sentimiento de soledad, porque tú eres aeropuerto, eres estación, eres pasaje, eres puente, eres movimiento. Las ciudades, ya lo sabíamos, juegan nuestro juego: paso por aquella que nos vivió dirigiéndome a aquella otra a la que pertenecemos, pero que jamás nos ha cruzado. Tú, por tu parte, estás en una ciudad que desconozco, que de hecho hasta antes de tu viaje había cargado con dolores del pasado y tétricas divagaciones— en ti recuperé la ambición de la playa lisboeta— y dentro de algunas semanas irás a otra que conozco como ninguna. Somos la calle, somos el pasaje: en nuestros ojos se puede leer la dirección ...

El viajero

“Allí”, le dijo el viajero, “atravesando las llanuras y recorriendo los desiertos, encontrarás el lugar designado. Déjate llevar por las lunas redondas como senos, déjate arrastrar por las selvas que juegan a ser cuerpos vírgenes. Déjate perder por el laberinto que tú mismo, Dédalo, has creado: déjate ser constructor y conquistado, déjate ser arquitecto y Minotauro. Recorre tu mismo centro que también es laberinto y también es lugar de danzas, dibuja tu imagen en la arena que se irá llevando el tiempo. Déjate ser carnaval, déjate ser fiesta: haz de tus rituales y ceremonias celebraciones largamente esperadas, déjate ser uno y refriega tus pasiones antiguas. Olvida cualquier intento por aniquilar el minotauro, porque en el centro mismo encontrarás el Gran Espejo. No atentes contra reflejos, porque así garantizarás el fracaso.”