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Tifinagh

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Al llegar supe que me era completamente necesario “hacer tiempo”, como si fuera algo tan sencillo y cotidiano de hacer— máxime sabiendo que me esperaba hacerlo con el grueso saco azul debajo del fiel abrigo arrastrando mi siempre pesada maleta con mi mano izquierda— luego de una brutal en cuanto tonta cortada que me hice esta mañana, ¿por qué se me habrá ocurrido quitarle las motas a mi buzo café justo hoy, antes de salir, a sabiendas de que no lo usaría hasta dentro de unos días, a sabiendas de que esas malditas cuchillas de afeitar del Día no sirven más que para agredir la cara o, en su defecto, mi pulgar izquierdo?— no hay sensación más grotesca que la de saberse caminando con una gasa que permite ver la sangre que la herida no ha dejado de emanar— aún sabiendo todo esto me dejé llevar luego de haber descendido del Roissybus justo al frente de la Opéra, tomar la Mogador hacia arriba, ver que en el teatro siguen representando “El rey león” y que las obras circundantes a las galerías ...

Vuelvo a ti, Dolores

Al volver a la ciudad, comprobé aquello que me habían dicho: mi Avispón Gris, enferma como hasta el momento lo ha estado, volvió a incapacitarse, esta vez aparentemente por una bujía o un desperfecto eléctrico. Caminé con incertidumbre hasta la esquina de Viladomat con Mistral, allí mismo donde había dejado meses atrás parqueada a Dolores de Andalucía, mi bici vinotinto que porta la elegancia femenil de las Grandes Damas de antaño, y sentí verdadera felicidad cuando la reconocí, allí mismo estaba, libre de la hamponería y vandalismo que caracteriza las calles del barrio— de cualquiera— de Barcelona. Esta mañana la tomé para ir a jugar fútbol; luego para ir a correos; luego para regresar a casa. Ya en la noche, luego de haberme dirigido a Paseo de Gràcia y haberla dejado parqueada al frente del Hotel Majestic mientras atendía a una invitación en el Tibidabo, regresé con la tranquila aún temerosa tranquilidad de encontrarla allí mismo. La ausencia de aire en las llantas hace que su rodam...