viernes, junio 19, 2009

Berlin calling


Desde siempre he pensado que el mejor indicador de una ciudad es su ausencia de adjetivo, en la medida en que se vislumbran en su naturaleza inefable. La primera vez que llegué a París ya había estado en el otro, en el imaginario, en el lo que luego se convirtió en materia de mi tesis. Como escribió Octavio Paz, visitar París era como releer los clásicos: siempre habíamos oído escuchar de ellos e intuíamos algún tipo de particularidad ya hecha evidente. Sobra decir que llegué con Rayuela bajo el brazo, y que me puse el abrigo entre mares de sudor a mediados de septiembre. Cuando conocí Barcelona por allá en el 97 la asocié directamente con el Port Olímpic, un vestigio de los juegos olímpicos que no tardaría en echarse a perder. De Londres recuerdo un atardecer a las cuatro y media de la tarde y del único hotel que encontramos con mis papás: una elegancia estrecha, oscura y fría—recuerdo, también, que pude usar el abrigo que el clima de París aún no me permitía. De Madrid recuerdo que llamaba insistentemente a una amiga que tenía en Barcelona, a quien ya había escrito muchas cartas y no había tenido correspondencia alguna, llamadas inútiles acompañadas de la imagen de una drag queen que bajaba por Gran Vía. De Amsterdam un puñal desnudo en un callejón oscuro, exigiendo la heroína que le había hecho supuestamente botar al suelo. Las demás ciudades que he conocido las caminé ya librado de la ingenuidad de los primeros viajes, cuando aún no hemos consolidado un marco teórico de nuestro pensamiento, cuando caminamos embriagados por calles que se desnudan una detrás de otra, como niños estrenando ojos nuevos. Precisamente por esto, haber estado en Berlín fue un regreso a la mirada infantil en las ciudades, al camino perdido de la memoria aún no adquirida y a la condición, una vez más, de inefabilidad. Escribo ahora mirando el Parc de la Ciutadella, tomando una cerveza alemana; el Parc, el único espacio verdaderamente verde de Barcelona. Y desde acá pienso de qué manera puede ser enunciada Berlín; a través de su música electrónica, a través de 20 años de educación de identidad, a través de la ciudad en el bosque que es. No se trata que en Berlín hay muchos árboles: entre los muchos árboles está Berlín. Y en su calidad de ciudad hecha bosque, resulta necesario caminar el laberinto de su desciframiento.

Barcelona, junio 19 de 2009

miércoles, mayo 06, 2009

Agua


Hoy en la noche, mientras preparaba un plato de espaguetis con una salsa que ya se me había ocurrido alguna otra vez. El agua había empezado a hervir, pero antes de esto ya había yo picado la mitad de la cebolla de Gerona, morada como un repollo sin tener absolutamente nada que ver, y la otra mitad de cebolla normal como un redondel, blanca como cualquier otra, y dos ajos. Mientras puse a fuego lento la combinación de todo esto mas un calabacín picado en finas esquinas, cada una independiente, en una buena cantidad de aceite de oliva sin olvidar la sal y la pimienta, y luego de haberlo dejado una buena veintena de minutos allí cocerse y soltar y dar sabor, decidí que era momento de poner los tomates picados en cuadrantes no del todo perfectos. Para esto, saqué un limpión, y sostenidos en la misma mano comencé a lavarlos. Mientras caía el agua de la llave imaginé los centenares de miles de hogares que exactamente en ese momento estaban haciendo eso: lavando un tomate. Aún así, pensé: “No creo que el agua se acabe, nunca.”
Sentí de inmediato, entonces, que hervía. Dejé caer los espaguetis hechos un redondel justamente en el centro de la olla, y los solté para ver ese curioso abanico que siempre he detectado como un meritorio efecto estético. Recordé un consejo italiano que había leído en un libro de pastas en casa de un amigo madrileño, que él bien sabe utilizar porque jamás he sido un ciego comensal. Consistía en ir presionándolos hasta que fueran cediendo en su rigor y sumergiéndose hasta quedar cubiertos en toda su altura. Utilicé para esto una cuchara de palo, creyendo que no hacía falta usar las manos. En un brusco movimiento, por buen descuidado, salpiqué dos gordas gotas de agua hirviendo en mi brazo derecho. Alcancé a sentir ese diferido entre la visión y el dolor, en la medida en que nos preparamos para un posible estertor. Abrí la llave de agua fría en abundancia, y calmé medianamente el dolor.
¿Se debe acaso, por una cuestión ineludible aunque irónica, que la sucesión de quemaduras, no experimentadas por mí hace más de un año, y mi comentario respecto a la imposibilidad de agotamiento del agua, hayan mantenido una íntima correspondencia? Lo desconozco.
Horas más tarde recibo un mensaje de una amiga: está en urgencias en el hospital, cocinando una sopa se ha quemado en la pierna con agua derecha. “No es nada grave”, me ha escrito, “pero sí un poco feo”.

Esta sucesión de eventos que acontecieron la noche de hoy forman parte de un escenario casi perfecto. Por un lado, la apasionante biografía de Breton que estoy leyendo de Polizotti; la hormigueante lectura que realicé la semana pasada de Nadja; el libro de Dumas que me dispongo a leer sobre Desnos y la frase que siempre recuerdo de Aragon, precisamente en el momento en que el silencio mortuorio que llevo en cuanto a escritura se refiere desde, sin encontrar aún una explicación que me satisfaga, la muerte de mi abuelo, me ha venido acechando de manera excluyente. He guardado un silencio bastante parecido a la estupidez, como alguna vez leí de epígrafe en un libro de bachillerato. Y todo esto del agua, que además de ser vida, ícono manantial de la tradición mística y elemento absolutamente cotidiano, es absolutamente inefable.
Para escribir esto he escuchado el concierto para piano “Emperador” de Beethoven y su primer movimiento de la sexta sinfonía; por último, “Como el agua” de Camarón de la Isla. Una ola.

domingo, marzo 08, 2009

A mi abuelo


Abuelo hermoso de rostro nacarado,
desde mi sangre canta su voz venerable;
roble, guayacán, nogal alumbrado,
imagen perpetua del Amor indomable.

Usted vive en mí, abuelo hermoso de cabellera nevada,
en mis brazos, en mis piernas, en mi corazón encalambrado;
león, oso pardo, pantera renombrada,
maestro del Amor, del caminar, de la senda dorada.

Su rostro se refleja en mi mirada,
abuelo hermoso, forjador de familia entronada;
diamante, amatista, gema templada,
luz pura y poesía plateada.

Alguna vez usted lo escribió, abuelo:
“El silencio también tiene resonancia”.
El mirlo y la alondra recordarán cada mañana
su aumentada y cálida voz argentada.


Que cante la naturaleza entera, abuelo,
que canten los ríos y los guaduales:
jamás palabra que hable de usted
no podrá ser sino cantada.

Lenguaje del infinito, cariño entrañable;
abrazo eterno, rosa fulgurante.
Impávido coloso, titán inolvidable,
rocío de conocimiento, amor envidiable.

¡Abuelo hermoso, viejo admirable,
corazón atrevido, vividor insaciable;
perdurarán por siempre, amante inquebrantable,
las enseñanzas de su profesión delirante!

Así, olivo hermoso, precisamente así,
su cantar poético vivirá siempre en mí.




Madrid, marzo 8 de 2009

viernes, febrero 27, 2009

Old father, old artificer


En estos tiempos magníficos, le cedo mi voluntad y destino al azar, qui seul parmi les divinités a savait garder son prestige. De nada me sirve planear encuentros, si me niego a vivir en un mundo profano. De nada sirve empujar, elucubrar, planear: lejos de mí están las ínfulas de un ingeniero urbano. No soy yo quien crea el encuentro, la rencontre, la sensación, la sorpresa. Mi única amante es el azar, que tiene ese cuerpo que adopta siempre tantas caras. Azar, mantenme siempre bajo tus alas, resguárdame de la vida precisa, meticulosa, planeada. Déjame en el punto justo y preciso del encuentro amoroso, y entonces desaparece para siempre. Pero ahora me rindo ante ti, humilde y observador, para que hagas de mi vagabondage una aventura en el bosque.




París, 5 de febrero de 2009

miércoles, febrero 11, 2009

Porte de Montorgueil


la porte de montorgueil con su surco de letras doradas y sus terrazas al abrigo del viento nefasto que hace temblar mis rodillas ven entremos a este café de toldos rojos y vientos ensordecedores compartiremos cada plato sin importar el tamaño no te preocupes por tus cigarrillos he traído de liar y los hago más bien rápido, deja tus light de lado te los he traído y quién sabe cuándo podrás fumarlos de nuevo y es la presión de una represa la que siento venir desde el interior de mi cuerpo son palabras que no dejo salir son labios que no dejo mover son manos encadenadas a un recuerdo que nos acecha C’est bien c’est bien je n’en parlerai jamais plus Je garderai cette colère dans ma bouche enajenada del cuerpo refrendado la rebeldía de mi lengua agazapada la obstinación de mi ojo izquierdo por sorprender un momento tu mirada perdida qué más da el temporal que arremete contra tu falda gris qué más da he perdido mis pies bajo este adoquinado de hielo de la rue montorgueil con su surco de letras doradas pon más vino que tengo la garganta seca de callar déjame verte tras la cortina transparente háblame de bogotá no pidamos postre caminemos un poco más me sorprenden las escaleras de la estación sentier los conductores del metro con sus caras melancólicas fuera del tiempo cómo debe verse la rue saint martin ven camina conmigo la rue quincampoix háblame mientras callo no me permitas hablar cámbiate de asiento entran los guardias ven cambiemos de vagón recuerda que no he pagado el billete se acaban de bajar prefieres la miloja al helado de chocolate quién iba a pensar cómo imaginar la setenta con novena desde la sombra de la rue réaumur allí está la imagino me pertenece ayer caminé el impasse briare debiste haber visto dos bicis deshechas siempre hay algo nostálgico en una bicicleta violada mucho más en una llanta maltrecha por la mala fe de un conductor de algún vehículo yo ya he perdido tres martina valentina marie claire quién sabe si dolores de andalucía sigue allí encadenada en la avenida mistral siempre camino con la incertidumbre de la pérdida recuerdas aquella vez que nos prometimos tallar nuestras manos mientras el frío de la porte de la bagnolet y mientras el silbido de un búho que atraviesa mi recuerdo pero qué recibo ahora es la distancia aprisionada son las cadenas del tiempo es la necesidad de la distancia es el père lachaise à nous deux maintenant ven saltemos por esta ventana y perdámonos en el canal saint-martin pero ya estoy en el muelle no miro atrás no recordé el nombre de ese cuadro me pareció verlo pero te vas tu imagen se va es el humo de una calle solitaria la rue de bruxelles a las dos de la madrugada Quand tu dorms dans mes bras je peux longuement caresser ton âme Ainsi tu ne m’as pas quitté j’ai te retenue ô ma femme ya no tengo la edad de dormir caminaría desde barbès rochechouart solo para ver la luz escondida tras el viento frío sería una estupidez con este dolor de garganta aún más torpe fumar como lo estoy haciendo ahora luego de la segunda copa de vino rojo de esta noche en que ya no intento tanto dejar de fumar y no es sencillo reconócelo J’inventarai pour toi la rose sangra mi sangre

París, febrero/2009

martes, febrero 10, 2009

La porte de Bagnolet


La porte de Bagnolet se queda pequeña para cada uno de mis recuerdos, como aquél Cristo de alguna iglesia nuestra que creció en tamaño para evitar que el gran portón café lo dejara partir, y mira que no son tantos, apenas te veo y ya conozco mis recuerdos de más de mil años, pero qué quieres que haga, así funciona la ensoñación y poco o nada haré para deshacerme de ella Je suis l’hérésiarque de toutes les églises Je te préfère à tout ce qui vaut de vivre et de mourir. Cuando te sujetas el pelo y dejas en alta vista el tallo perfecto de tu cuello, cuando sabes de sobra que llamas voces e incitas susurros bien sabes cómo es no te sonrojes el mar rojo siempre se verá hermoso en tu rostro nacarado, cuando siento que vuelves de tus parajes desconocidos para revestirte de misterio cuando eres l’image vagabonde de poemas aturdidos vuelvo sobre mi recuerdo y vuelvo sobre las tablillas de mi prehistoria, pero qué es esto que recibo ahora, qué es esta mi voz de ultratumba y mi desmesurada memoria qué es aquello que siento golpear en la ventana de noches oscuras donde sólo vuela el Gran Búho por calles de hollín es apenas el temporal no entrará cierra los ojos ha olvidado la llave de oro en otra vida yo que desde siempre he intentado encontrar el oro de los tiempos. Te llevas la mano derecha a la boca cada vez que ríes de manera ensoñadora como si intentaras cerrar el velo que abre el misterio la ventana a otros paisajes el diccionario sentimental de una imagen en cada una de tus pupilas viven y mueren mundos perdidos y olvidados, a ojos albinos suena en mi ventana el soplo de un pulmón sempiterno Qu’est-ce qu’il m’arrive Je viens à coup de m’entendre d’entendre ma voix venant de loin hors de moi ma voix hors d’elle et de moi comme à travers le temps un écho dans un bloc de glace ya sabes cómo viene siendo en estos días, Aragon lo dice todo y lo dice mejor yo que encontré ese librito perdido entre catálogos en el Pompidou yo que venía buscando fotografías y di con un poema heroico amoroso pleno miedoso ensoñador Ne t’offense pas de mon parler vulgaire Il est L’eau simple qui fait ce bruit désagréable dans le feu pero qué llega ahora a mi puerta es el fuego sordo es el fuego que talla y descompone, es la lengua de un ángel de gangrena es el color de la segunda copa de vino que llevo esta noche en que intento dejar de fumar lo intento reconoce que lo intento no es sencillo no lo hago muy a menudo pero siempre, intento hacerlo de la mejor manera, el fuego que es huella de serpientes y es eco del mar el fuego que es una fotografía de Man Ray y una huella de Brassaï ya te veía yo en los viejos daguerrotipos de Atget detrás de esos inmuebles que pronto desaparecerían no son dos años los que vives en la ciudad llevas la Tour Saint Jacques entre tus dientes. Duermes ahora en el umbral de la puerta te dejas llevar por Morfeo enloquecedor que estalla de alegría invernal siempre que te arrulla entre tus brazos silencio silencio ya es de madrugada ya llega el temporal ya es la noche fría y el laberinto vacío son los pasajes cerrados y la esquina de la rue Vivienne y la rue de Petits Champs ya se encienden las lámparas de gas y se detiene el ómnibus dos vacas duermen en la place de l’Opéra vamos mañana al mercado de Clignancourt, quiero encontrar la cucharita con zapatillas de cristal silencio, silencio ya es de madrugada duerme duerme Toi qui es la rose ô mystérieuse rose en ce temps de l'anée

París, febrero/2009

viernes, febrero 06, 2009

Tifinagh


Al llegar supe que me era completamente necesario “hacer tiempo”, como si fuera algo tan sencillo y cotidiano de hacer— máxime sabiendo que me esperaba hacerlo con el grueso saco azul debajo del fiel abrigo arrastrando mi siempre pesada maleta con mi mano izquierda— luego de una brutal en cuanto tonta cortada que me hice esta mañana, ¿por qué se me habrá ocurrido quitarle las motas a mi buzo café justo hoy, antes de salir, a sabiendas de que no lo usaría hasta dentro de unos días, a sabiendas de que esas malditas cuchillas de afeitar del Día no sirven más que para agredir la cara o, en su defecto, mi pulgar izquierdo?— no hay sensación más grotesca que la de saberse caminando con una gasa que permite ver la sangre que la herida no ha dejado de emanar— aún sabiendo todo esto me dejé llevar luego de haber descendido del Roissybus justo al frente de la Opéra, tomar la Mogador hacia arriba, ver que en el teatro siguen representando “El rey león” y que las obras circundantes a las galerías Lafayette siguen interrumpiendo el andar de los peatones y de los carros, comenzó una promenade más. Sabiendo que llegar a la casa directamente implicaría seguir derecho porque nadie me abriría, lo hice sin siquiera pasar delante suyo. Estuve dándole vueltas a la Place de Clichy encima, en calles aleatorias, viendo estudiantes de colegio salir de clase y luego viendo a los mismos peatones que jamás respetan un semáforo— vi a uno que, con la palma de la mano abierta, le hacía señales al carro que venía para que se detuviera—, viendo a un ciclista bajarse y atravesar caminando el cruce peatonal del Boulevard de Clichy a pie, arrastrando al bici, un par de metros nada más, algo jamás visto en Barcelona, viendo a un viejo subir por la calle Amsterdam con una chaqueta raída café y un saco blanco a rayas azules celestes salpicada de —posiblemente— sopa de tomate fría. Vi al mismo hombre de años atrás haciendo girar la manivela de su caja de música mientras que su gato negriblanco, en el mismo cesto cubierto por una tela azul, dormía indiferente al invierno. No quería alejarme de la plaza, pero tampoco había elegido lugar alguno para llegar. Caminé con el mero propósito de encontrar un café para tomar algo, pero esto desde siempre me ha parecido de una inmensa dificultad. Impera la necesidad de sentir desde fuera aquello que, multiplicado, sentiré dentro: austero, póstumo, impávido. Decidí, ante la infructuosidad de mi búsqueda, comer una crepe con jamón y queso donde ya sabía yo que las vendían. Siempre he sentido que caminar las calles comiendo algo— lo que sea, un bocadillo, una fruta madura, una crepe— implica que la comida, de alguna manera, se ensucia por la presencia de la calle. No obstante mi pérfida convicción, decidí tomar el Boulevard de Clichy en dirección a Pigalle dando buenos mordiscos a mi crepe que quería se acabara cuanto antes para evitar un constante ensuciamiento. De repente, a lo lejos, una calle cerrada: una estructura metálica en la calle que la superaba en distancia, presuntamente un puente vehicular, pero dentro, en la calle, una reja entreabierta en su final, un toldo rojo. Cinco mesas cuadradas en la terraza, de un color que asemeja un verano victoriano que no será visto hasta dentro de meses. Una mesa solitaria en la esquina, al lado un espacio propicio para dejar la maleta y mi morral, un mesero preguntando qué quiero, un vaso con agua y un café, por favor. Una llamada que asigna la hora del encuentro para abrir las puertas al hogar, la libreta de apuntes, los últimos cigarrillos de un paquete que llegó conmigo, un esfero que promociona Caixa Galicia, ya es hora de quitarme el pesado abrigo. Dos jóvenes sentados al lado, un hombre que se sienta a tomarse un café y fumar un cigarrillo detrás de otro, un viejo que pasa rechistando mientras hace sonar sus sandalias contra el pavimento gris. Hago tiempo, hice tiempo: sé que este café Tifinagh, transcriptor indeleble, me venía esperando desde mi última vez en la ciudad.

lunes, enero 26, 2009

Bilis negra


Sin siquiera darme cuenta, de un momento a otro, vuelve sobre mí la sensación amorfa, monstruosa, minotaurica. No hay lenguaje alguno que logre sobrellevarla— en estos momentos rasgo el fondo de mi pensamiento, extraigo de él una esencia invisible, inexpugnable, etérea—, y el cuerpo es partícipe de aquello que tan solo se siente en el interior, en ese cuerpo que nunca hemos visto, en esa carne que está triste y en ese líquido negro que se había escondido tras la coyuntura de algún hueso del pasado. ¿Cómo es posible tanta sorpresa, cómo es posible esta catarata de imágenes que me vuelcan sobre el pensamiento melancólico? Me duele alguna parte del cuerpo, pero me duele precisamente aquella de la que carezco. Adolesco de mi propia prótesis, y es allí donde se concentran mis desventuras. He escuchado muchas veces a recién amputados que sienten el fantasma del cuerpo ausente; sienten una rasquiña en la palma de la mano que ya dejó de formar parte de su cuerpo, sienten un calambre en las pantorrillas que dejaron de ser suyas, sienten una tensión en el codo que ya no es suyo. Me duele aquella parte del cuerpo que durante meses dejó de ser mía, siento dolor por esa carne que dejé de ver, sentir y probar desde el tiempo de la canícula. Ayer estaba bien: la mirada fluía, la risa despertaba, las imágenes se dejaban llevar una detrás de otra de una manera armoniosa. Pero hoy, al abrir los ojos, la tensión, la gangrena, el fuego oscuro de una pasión desmesurada. ¿Habrá sido acaso algún sueño, alguna secreción nocturna, la del humor negro viajando en época oscura y perniciosa? Lo desconozco. Dejé de mirar mi correo porque dejé de recibir correspondencia; tengo montañas de libros esperando, y tengo multitud de palabras que reclaman ser escritas. Pero la carne está triste.

Alsacia (Pereira), enero 7 de 2009

lunes, enero 19, 2009

Vuelvo a ti, Dolores

Al volver a la ciudad, comprobé aquello que me habían dicho: mi Avispón Gris, enferma como hasta el momento lo ha estado, volvió a incapacitarse, esta vez aparentemente por una bujía o un desperfecto eléctrico. Caminé con incertidumbre hasta la esquina de Viladomat con Mistral, allí mismo donde había dejado meses atrás parqueada a Dolores de Andalucía, mi bici vinotinto que porta la elegancia femenil de las Grandes Damas de antaño, y sentí verdadera felicidad cuando la reconocí, allí mismo estaba, libre de la hamponería y vandalismo que caracteriza las calles del barrio— de cualquiera— de Barcelona. Esta mañana la tomé para ir a jugar fútbol; luego para ir a correos; luego para regresar a casa. Ya en la noche, luego de haberme dirigido a Paseo de Gràcia y haberla dejado parqueada al frente del Hotel Majestic mientras atendía a una invitación en el Tibidabo, regresé con la tranquila aún temerosa tranquilidad de encontrarla allí mismo. La ausencia de aire en las llantas hace que su rodamiento sea perezoso, lento, caprichoso. Cada pedaleo parece ser dado en un banco de arena, y se limita a la contrariada libertad de cualquier pendiente, sobre todo aquella luego de Enric Granados, viniendo por Diputació. Pero fue allí mismo, escuchando el tambor metálico de las dos us de seguridad golpeándose una contra la otra, del característico sonido del rodamiento, de sentir dos o tres veces el salto de un cambio y la inesperada interrupción del claxon, que caí en cuenta de todo lo que extrañaba montar en bicicleta, en altas horas de la noche, por la ciudad. Extrañé el lento andar de un promeneur montado en las dos ruedas, y contemplé más de una vez las mismas esquinas que en la moto no hacía más que ver volando. Descubrí, de nuevo, la fachada de Comte d’Urgell, el balconcito de Casanova, el jardín encerrado de Comte Borrell. La noche estaba templada; no había necesidad de cerrarse la chaqueta o de ajustarse el gorro acompañante. Cada impulso de las piernas me recordaba otras noches, cuando me dirigía a otras casas, a otros aposentos, a otros abrazos. Ir en bici en las noches implica el respeto del silencio, vulnerado una y otra vez por el acelerador de la motocicleta. Al llegar a mi destino, aseguré a Dolores a la misma barra donde permaneció tantos meses. Luego caminé Mistral hacia arriba fumando un cigarrillo, contemplé la melancólica escena de un pequeño parque de diversiones instalado durante el fin de semana, despojado de cualquier presencia infantil. Vi a dos árabes borrachos caminando por Entença, un hombre sacando a su perro en Vilamarí y a un grupo de jóvenes riendo fuertemente en Viladomat. Al tomar la curva, allí estaba, impoluta, reservada, respetuosa, Dolores. Recordé que conocí esta ciudad en bicicleta, a la misma que felizmente regreso hasta el momento en que el pragmatismo y facilidad del recorrido me devuelvan una vez más al rugir de mi Avispón Gris.

domingo, enero 04, 2009

Gràcia

Yo que siempre imaginé encontrarte en la calle Portaferrisa, tú saliendo de cualquier tienda con tus bolsas fulgurantes saltando a lo largo de las aceras, yo quizás caminando con la bici en las manos —nunca me ha gustado esa calle en momentos de congestión porque siempre tengo la impresión de estar a punto de atentar contra alguien—, yo que siempre creí que allí sería la primera vez que te vería luego de tantos meses, yo mismo que siempre creí eso, te veo aquí al frente mío en este bar de Gràcia, barrio que nunca me perteneció plenamente, barrio que me robaste y a la vez devolviste a la vida. Sentada al frente mío te veo sujetar tu copa de vino blanco y recuerdo cada centímetro de tu cuerpo: me vuelvo a dejar perder por entre los lunares de tu cara, reconozco tu sonrisa a pesar de la penumbra roja que nos rodea, alcanzo a descifrar tus dedos finos y pequeños, tus manos de gatito juguetón encima de la mesa de gruesas tablas de madera, e imagino tu espalda fina y tersa, la dimensión ideal del cuerpo femenino, cuántas veces me dejé sorprender bajo la luz de la luna perdida en los mares de tu aroma. Tu pelo negro azabache retumba entre las sombras de las luces rojas y azules que repentinamente entran de la calle, de esa misma calle que alguna vez, seguramente, nos vio pasar juntos, y de nuevo son tus manos de pequeño kitten juguetón, tú que para entonces eras fantasma, eras espectro de lugares indeseados, de miradas atemorizantes, de deseos marchitos te posas al frente mío y te reconozco tal cual eres, primorosa, hermosa como siempre me has parecido, encantadora de susurros lejanos, seductora de la mirada, dadora de sensaciones. Me cuentas de Lisboa, de Sintra, de Berlín, de las traducciones que han dejado de llegar y de las clases de la academia; yo te cuento de París, de mi viaje a Bogotá, de la tesis y del trabajo del blog. Nos hablamos como hacía meses lo habíamos dejado de hacer, y entonces me pregunto si me has extrañado, si en algún momento me has dejado de pensar, si has pensado que todo fue demasiado veloz y fugitivo: si te has arrepentido de haberme dejado en ese piso de esquinas amplias. No lo pregunto en voz alta; lo ignoro y prefiero dejarlo así. ¿Estarás con alguien? ¿Cuántos hombres habrán pasado por tus labios, por tus piernas, por tus manos? Recuerdo el temblor de tu cuerpo henchido al mío, recuerdo el palpitar de tu respiración, los gemidos, la manera como volteabas tu cuerpo y me besabas y me decías que me querías y luego saltábamos a la ducha como un par de recién enamorados. Pero esto es recuerdo: estás al frente de mí, te dejas hablar como no me lo habías permitido hacer, y entonces te veo hermosa como siempre me has parecido, y te veo bien, te veo como te debo mirar, te sitúo en mi universo de constelaciones de la manera idónea, sabiéndote ajena pero a la vez propia porque ce que j’ai aimé, que je l’ai gardé ou non, je l’aimarai toujours, y me encantaría zambullirme en tu cuello y una vez allí contar de nuevo los lunares de tu rostro, consentir tu cuerpo, tus senos grandes que siempre me sedujeron y tus piernas que encontré moldeadas a la perfección de mi cuerpo, pero ya no eres mía, ya no soy tuyo, y en el recuerdo se vive aún sabiéndose ajeno, la calle Calabria siempre te pertenecerá a pesar de que ya apenas nos vimos allí, alejados como dos amantes trágicos, esperando el momento de la sangre en la arena y de la pedida de la oreja y de la cortada del rabo, porque como amantes míticos no nos detuvimos hasta estar en el borde del mundo, allí mismo desde donde te veo ahora, despidiéndote de mi con la mano en alto, del otro lado del mundo, allí donde no llego, allí de donde no saltarás, porque en el amor siempre seremos los dos quienes perderemos.

Alsacia (Pereira), enero 3 de 2008