
No. Definitivamente no.
A pesar de la falta de comunicación de los personajes, a pesar de lo que implica la constante recreación de la imagen del otro, del ausente, a pesar de no saber qué ha sido del otro —¿dónde estará ahora? ¿habrá construido de nuevo su vida? ¿me habrá olvidado? ¿habrá sentido lo mismo al haber conocido a alguien más?—, sólo contamos, siempre, con el recuerdo casi místico de aquello que nos acercó un poco más a la trascendencia. Me gustó más la segunda parte porque es sabido que el amor— incluso el amor loco— se recrea sobre sí mismo y causa ilusiones, espejismos, contrariedades. La segunda parte consiste en asumir la carga de aquello que sucedió. Al principio se lucha contra el recuerdo; luego, como era de esperarse, se supera el temor, y se dan cuenta de que efectivamente— como dice en algún momento Jesse— hay un punto en el que no cambiamos, y seremos siempre los mismos.
Sería mucho más sencillo, siempre, alejarnos del estado amoroso, situar el recuerdo en una estela del pasado, como si se tratara de una novela que leímos en tierna infancia o de algún poema que recuperamos del tiempo. Convertir al ausente en personaje literario, olvidar que existe, olvidar que en este momento camina alguna calle de alguna ciudad, que está preparándose para ir a dormir, o que debe estar tomándose el primer café de la mañana.
Pero la sencillez jamás estará en mi menú; la sencillez de una vida agazapada será siempre mi enemigo más acérrimo, mi lucha constante, a pesar de la distancia y del desamor y de la ternura nacida bajo una terraza de un café. Jesse y Céline, al encontrarse gracias a la literatura, se reconocen en la carencia: cada uno implica todo aquello que jamás tuvieron. ¿Culpar a la abuela muerta, al instinto romántico que no les permitió pedirse los números de teléfono, a la ausencia de direcciones postales? Que no se culpe a nadie.
¿Caminarás conmigo algún día la promenade plantée, ma belle vagabonde?





