lunes, diciembre 15, 2008

Before everything


Sentado en mi escritorio, a medida que escuchaba avanzar los truenos que siempre aparecen por estas horas en el aire bogotano, y luego de haber terminado algunas cuestiones de la editorial, me dejé sorprender por la lluvia mirando la segunda parte de esa película que en muchos aspectos resuelve el futuro desolado de aquellos dos amantes que se conocen en Viena y se prometen volver a encontrarse en el muelle de la estación, seis meses después. Sentí alegría, debo aceptarlo, al saber que no se encontraron; que algo falló, que la cita se incumplió, porque desde siempre he considerado que las historias de amor tienen, necesariamente, que cumplir con su sino trágico. Así como en la primera entrega el momento que más disfruté es cuando los dos, sentados frente a frente, simulan llamar a aquél que los está esperando en alguna parte, permitiéndose así llenarse la boca de palabras de amor y de reconocimiento ante la seducción amorosa que sintieron, en la segunda entrega sentí un verdadero placer al escucharlos hablar de lo que fue esa noche, nueve años después, ya librados —en la justa medida— del sentimiento romántico que entonces sentían. ¿Cómo luchar contra la idealización de la noche que pasaron juntos? ¿Se hace bien, pues, en recordar todo hasta la inconsciencia, escribir sin más remedio que aquél que intenta luchar contra el tiempo, contra la memoria, crear en los ojos ajenos un interés tan vivo en el recuerdo propio que nos lleve a recrear sin fin aquellos dulces momentos del encuentro deseado? ¿Deberíamos, pues, luchar contra el recuerdo de la sublevación más dulce, más acogedora, más legítima en cuanto entera, sencillamente por el temor a jamás encontrarnos de nuevo, a la peligrosidad del mundo amoroso, al sino trágico de nuestras historias de amor?
No. Definitivamente no.
A pesar de la falta de comunicación de los personajes, a pesar de lo que implica la constante recreación de la imagen del otro, del ausente, a pesar de no saber qué ha sido del otro —¿dónde estará ahora? ¿habrá construido de nuevo su vida? ¿me habrá olvidado? ¿habrá sentido lo mismo al haber conocido a alguien más?—, sólo contamos, siempre, con el recuerdo casi místico de aquello que nos acercó un poco más a la trascendencia. Me gustó más la segunda parte porque es sabido que el amor— incluso el amor loco— se recrea sobre sí mismo y causa ilusiones, espejismos, contrariedades. La segunda parte consiste en asumir la carga de aquello que sucedió. Al principio se lucha contra el recuerdo; luego, como era de esperarse, se supera el temor, y se dan cuenta de que efectivamente— como dice en algún momento Jesse— hay un punto en el que no cambiamos, y seremos siempre los mismos.
Sería mucho más sencillo, siempre, alejarnos del estado amoroso, situar el recuerdo en una estela del pasado, como si se tratara de una novela que leímos en tierna infancia o de algún poema que recuperamos del tiempo. Convertir al ausente en personaje literario, olvidar que existe, olvidar que en este momento camina alguna calle de alguna ciudad, que está preparándose para ir a dormir, o que debe estar tomándose el primer café de la mañana.
Pero la sencillez jamás estará en mi menú; la sencillez de una vida agazapada será siempre mi enemigo más acérrimo, mi lucha constante, a pesar de la distancia y del desamor y de la ternura nacida bajo una terraza de un café. Jesse y Céline, al encontrarse gracias a la literatura, se reconocen en la carencia: cada uno implica todo aquello que jamás tuvieron. ¿Culpar a la abuela muerta, al instinto romántico que no les permitió pedirse los números de teléfono, a la ausencia de direcciones postales? Que no se culpe a nadie.

¿Caminarás conmigo algún día la promenade plantée, ma belle vagabonde?

"Ephemera", W.B. Yeats


"Your eyes that once were never weary of mine
Are bowed in sorrow under pendulous lids,
Because our love is waning."
And then she:
"Although our love is waning, let us stand
By the lone border of the lake once more,
Together in that hour of gentleness
When the poor tired child, Passion, falls asleep.
How far away the stars seem, and how far
Is our first kiss, and ah, how old my heart!"

Pensive they paced along the faded leaves,
While slowly he whose hand held hers replied:
"Passion has often worn our wandering hearts."

The woods were round them, and the yellow leaves
Fell like faint meteors in the gloom, and once
A rabbit old and lame limped down the path;
Autumn was over him: and now they stood
On the lone border of the lake once more:
Turning, he saw that she had thrust dead leaves
Gathered in silence, dewy as her eyes,
In bosom and hair.
"Ah, do not mourn," he said,
"That we are tired, for other loves await us;
Hate on and love through unrepining hours.
Before us lies eternity; our souls
Are love, and a continual farewell."

viernes, diciembre 12, 2008

Santuario poético


Ya he escrito sobre esto en otra ocasión, pero la verdad el sentimiento siempre es el mismo: al llegar a casa, luego de cuatro, ocho o doce meses, siento un verdadero placer en revisar, una vez más, la biblioteca que aquí dejé, que nunca saldrá, que siempre formará parte de ésta mi casa bogotana. Siempre me sorprendo con los mismos volúmenes, siempre busco alguno sobre el cual haya leído en Barcelona o en cualquier otra parte para poder consultarlo de nuevo, sentirlo familiar, saber que me estaba esperando desde que me fue regalado. En época universitaria, e igualmente cuando era profesor, sentía un verdadero placer por la compra de libros: cualquiera podía entrar en mi biblioteca, y entonces se me metía en la cabeza que el libro recién comprado no tenía por qué ser inmediatamente leído, así que lo separaba en una sección particular, y así me iba poniendo al día con cada uno de ellos. Ahora es diferente; ahora sé que cargar con los libros que compro puede ser tortuoso, en la medida en que tengo que, como el caracol, cargar con la casa a cuestas. Y siempre, cuando me enfrento de nuevo a mi biblioteca, entre ese afiche de Modigliani y aquél otro promocionando la exposición de pintura y escultura del siglo XIX en el Metropolitan, comprados ya hace años y que su tintura evidencia el sol para entonces recibido, reconozco los mismos que con el tiempo no he podido saldar o los otros que exprimí sin misericordia alguna: aquél libro de Hofstadter y aquél otro de Jaeger que dejé a medias, la biografía de Gibson sobre García Lorca de la cual sólo consulté la bibliografía, la correspondencia completa de Flaubert que intenté leer en mi primer vuelo de regreso de París hace ya diez o más años, ese otro ejemplar de Bulgákov cuyos márgenes aún contienen mensajes de una primera novia, mi breve colección de clásicos griegos y latinos (recuerdo que Gredos vendió la traducción a Planeta, y en cada feria del libro nos hacíamos mieles yendo y comprándolos por apenas cinco mil pesos), mi pequeño santuario cortazariano, mi sección Poche francesa, aquél libro de Eggers, aquél otro de Smith, y ese otro volumen de Garcilaso de la Vega que tantas veces leí.
Pero no todos los sentidos y las leyendas mantienen su longevidad, en la medida en que quizás acaban de nacer o están más allá del tiempo. Apenas observo la pequeña sección de poesía, decido tomar tres volúmenes consultados en algún momento: me siento en la silla de espaldar gris, prendo la lámpara a mi costado, y me dejo pasar las horas ojeando poemas nunca leídos y algunos otros subrayados. Entonces se cobra el sentido, aparece la chispa de la imagen, y ya estoy en terreno conocido. Comprendo que desde siempre has estado inserta en aquellos poemas y que me hacía falta amaestrar la mirada para poder descifrar los signos que entonces, como caminante de un bosque oscuro, debía entender. Sin esfuerzo alguno comprendo, de manera natural y mágica, aquello que quizás siempre supe: que habitas mis libros de Keats, de Shelley y de Yeats, ma belle vagabonde; que hasta ahora lograste salir del laberinto que ellos contenían y te posas al frente mío, con la naturalidad y belleza que sólo tú puedes otorgar, para recordarme una vez más que desde hace siglos te venía recordando.

miércoles, diciembre 10, 2008

En la altura


Mi paso por la ciudad implicó un doble vacío: no me quedaría allí, y de quedarme no te habría encontrado. En pleno descenso sentí los cero grados con los que recibiría a sus viajeros, todos de madrugada. Caminé lo justo, buscando la puerta asignada, atravesando controles infames, policías injustos, sabiéndome en tenso movimiento. Sin embargo tu presencia etérea aplacó cualquier sentimiento de soledad, porque tú eres aeropuerto, eres estación, eres pasaje, eres puente, eres movimiento. Las ciudades, ya lo sabíamos, juegan nuestro juego: paso por aquella que nos vivió dirigiéndome a aquella otra a la que pertenecemos, pero que jamás nos ha cruzado. Tú, por tu parte, estás en una ciudad que desconozco, que de hecho hasta antes de tu viaje había cargado con dolores del pasado y tétricas divagaciones— en ti recuperé la ambición de la playa lisboeta— y dentro de algunas semanas irás a otra que conozco como ninguna. Somos la calle, somos el pasaje: en nuestros ojos se puede leer la dirección de nuestros pasos.
Acá, en la altura, veo tu rostro tallado en el marfil luminoso de las nubes.
¿Pero cómo encontrar la dirección de mi mirada? ¿Cómo imaginarte en Bogotá, ma belle vagabonde, si jamás pensé que esta misteriosa matrona pudiera hacer surgir de sus entrañas una mirada como la tuya? ¿Y si en vez de la promenade plantée hubiera sido el jardín botánico, en vez de la rue Cadet la Jiménez, o la sabana hermosa y melancólica, las parcelas templadas que surcan la altura de nuestra capital, las tardes de sol hiriente y verde sempiterno? ¿Cómo nos hubiéramos visto, cómo nos hubiéramos deseado, cuál habría sido nuestro juego de seducción? Sin proponérmelo, caminaré sus calles buscando tus ojos de jade. Buscaré tu sombra en las aceras, intentaré descifrar la ciudad a partir de tu mirada, te imaginaré en otras épocas, en otras instancias, en otros tiempos. Te retrataré en calles peligrosas, te imaginaré en parques nunca antes visitados, te veré de fiesta en clubes desconocidos. Te buscaré en parejas que se acaban de cruzar en el camino de la ciudad, te buscaré en parajes donde jamás te he visto, y me aseguraré de encontrarte en alguna esquina: la imagino sombreada, algún gran eucalipto en su costado derecho, a pocos pasos de una tienda de barrio. Será la esquina que te verá nacer, bajo la luz incierta de mi mirada, para ser presencia y ausencia: una esquina que, sin saberlo plenamente, será testigo de nuestro encuentro.

Avión París-Bogotá, dic. 8/2008

sábado, diciembre 06, 2008

Bogatell

Venir a la playa en invierno es buscar la soledad, quizás una de las soledades más apacibles y férreas que jamás encontraremos. Lejos queda el barullo del centro, las aceras infestadas, los malentendidos transeúntes que siempre esperan un momento para caminar solitariamente. No; acá es distinto. Es distinto porque sólo se busca la soledad cuando ya se está solo, cuando el sentimiento impune de la melancolía ya se ha establecido dentro de nosotros y nos obliga a huir hacia entornos más solitarios, aún más esquivos, aún más desdichados. Pero no; esta no es la palabra. La desdicha no me acompaña, así haya cargado con algo de dicha en los últimos días. Vengo porque en el suave latir del viento y en el silencioso romper de las olas encuentro un costado afín mío: encuentro la tranquilidad de la soledad. A lo lejos un cielo ensangrentado se bate con las farolas amarillas recién encendidas, y yo le doy la espalda a los dos. Acá, en esta banca que ya me vio algún otro día, le doy la espalda a todo: a mí mismo, a lo que anhelo, a lo que deseo. El deseo puro se convierte en el no-deseo, nacido de una instancia precisa sobre la cual se erige un sentimiento en particular: el sentimiento de la soledad de la escritura; el sentimiento de la soledad del amor; el sentimiento de la soledad de la carne; el sentimiento de la soledad de la patria; el sentimiento de la soledad del lenguaje. Solo, impuro, arremetido, consagrado, escribo solo. Así, tranquilamente así.

Playa de Bogatell, Barcelona, dic. 5/08

jueves, diciembre 04, 2008

Le chill

Entre las variadas y siempre alternativas posibilidades de expresión amorosa, sin lugar a dudas la musical abarca todos los escenarios y bambalinas de cualquier educación sentimental. Cuando Dorian accede a tocar un Nocturno en aquella estancia interior, Lord Henry suspira de manera divina: “Gracias a Dios nos queda por lo menos un arte no imitativo.” Y esto es porque la emoción sentimental de la música sólo se parece a sí misma, sólo se imita a sí misma: nada más vive fuera de ella, y sin lugar a dudas se consagra en el paladar de cualquier oyente de una manera certera, precisa y gloriosa.

Crear, pues, un playlist no es más que la sistemática traducción de una carta de amor. Desde hacía meses venía trabajando en un playlist que de alguna manera reflejara mi plancha de anatomía sentimental: que cada una de las canciones diera fe, calcada al carboncillo o registrada en daguerrotipo, de cada una de las emociones que venía configurando desde un cambio de mirada— así, pues, no es solamente la música a la escritura, sino también el oído a la mirada. Me esmeré; escuché; sentí. Había algo en la providencia del tiempo que me obligaba a tenerla lista, a saber lo que en ella se contenía, porque es bien sabido que no hay sensación más hermosa que aquella de compartir una canción que nos subleva con aquella mujer que también lo hace. Divagando llegué a ti, mi bella vagabunda, y te convertiste en música. De allí la necesidad imperiosa de dejar el sofá, deshacer los nudos de los brazos y desacomodar tu cuerpo de jade para caminar hasta el equipo de sonido y decir: “Pondré esta canción porque quiero convertirla en este momento.” Así, pues, es el poderío de tu presencia, maga ineludible, convertidora de emociones: descompones cada sílaba amorosa para hacer de ella un nuevo mundo. En ese momento puse play a esa canción porque desde siempre supe que eras un fruto real, y heme aquí escuchándola, con un sol barcelonés en la ventana, con los árboles aún verdes de la calle Viladomat, con un frío que intenta treparse por debajo del escritorio. Pero me da igual el frío: no me encuentro aquí. Me encuentro en otra parte. Me encuentro mirando de lejos una ventana que también tenía árboles pero con hojas amarillas, una avenida que se dirigía a una de las puertas de la ciudad, unos caminantes luchando contra un frío invernal, unas torres grisáceas a lo lejos. Me encuentro con las manos entrecruzadas, me encuentro expectante, me encuentro divagador. Es el sabor de la magdalena; es el perfume que nos devuelve en el tiempo de una manera amorosa.

La música es la lucha contra el paso del tiempo, y la compilación musical que nos retrata es la más pura y verdadera carta de amor. En cada una de las canciones buscamos la plena correspondencia sentimental, al reconocer, de manera hermosa aún cuando atrevida, que dejamos de tener dos oídos, dos ojos y una boca, puesto que la polifonía ya nos ha convertido en un ser conjunto, en el presente y en la memoria del encuentro.


Barcelona, diciembre 2/2008



martes, diciembre 02, 2008

Promenade dans tes yeux


Man Ray fotografía un ojo mirando al cielo mientras dos lágrimas se dejan caer. Un ojo que viaja a través del cielo terrestre, buscándose camino por entre los matorrales de la ciudad, abriéndose campo entre las verbenas, los gritos, los malhumorados verduleros de Les Halles, a través de los rugidos hirvientes de las escamas del metro que, si se quedara allí postrado, le harían perder su voz sin remedio alguno. Ojo incoloro que desprende un hálito de colores y aromas recobrados, surcando las aceras empedradas de la rue Berger, de la rue Saint-Merri, espantando malhechores tardíos, espetando con su firme andar nocturno y meditabundo a los chiffonniers a quienes ha dejado el paso del tiempo y aún, con una celeridad apenas comprendida en viejas fotografías de Brassai, dan fe de su gloriosa reputación. Un ojo que es mirada que es bosque que es ciudad, un ojo que es búsqueda que es aventura que es pasión. Una mirada que resucita el llanto inocente de un recién nacido en un mundo vulgar, privado de cualquier sensación divina, alejado para siempre de un cruce de caminos, de una posibilidad de certero misterio. Un llanto que se traduce en campanazos que hacen temblar la rue des Archives—incluso alcanza a retumbar la Tour Saint Jacques—, haciendo que los comensales y atendedores de bares y sidrerías contemplen cabizbajos la pompa y gala que implica el silencioso atravesar hacia las inmediaciones del bosque. Será luego, en la rue Oberkampf, que detendrá su paso y contemplará el ramaje abstruso que ante sí se perfila: dos carteros, con aire siniestro, cargan en sus mochilas amarillas cartas de vida y de amor; ante sus pies, un perro bermejo aúlla en medio del frío decembrino. Pero ya no está allí; ya se encuentra caminando los surcos de las tumbas del Père Lachaise, que como anaqueles abren su camino por entre letras ya leídas y gritos del pasado. “À nous deux maintenant”, alcanza a oír, pero es otro siglo y es otra la situación, y es barro en los zapatos y las campanas de la rue des Archives y un reloj tic-tac que no se acalla porque suyo es el verdadero devenir de los apasionados. En la rue des Partants ve a dos amantes besándose en una banca a espaldas de un clochard que ha logrado conciliar el sueño: a sus pies están dispuestos dos zapatos marrones, maltrechos, una botella de vino a medio llenar, y unos papeles viejos sujetos por una piedra angulosa. Un hombre de sombrero negro y abrigo carmesí se deja lamentar en la rue Fernand Léger mientras sujeta en su mano izquierda lo que parece ser una carta de amor y de vida. Un perro bermejo aúlla en la esquina de la rue de Bidassoa con la avenida Gambetta. Desde allí observa a lo lejos la rue de Chemin Vert, y se da cuenta de que es precisamente éste el sendero que le ha deparado el laberinto de la ciudad. Se prepara; camina unos pasos, se retrasa otros. El reloj ha dado las nueve y cuarto de la noche. Una silueta con chaqueta encuerada verde, anteojos de prominente marco negro y arduo caminar le pasa derecho, dirigiéndose hacia la rue Belgrand. Ya no hay lágrimas, ya no hay desazón: es azar y es intuición. La calle está sola, y un cartero ha dejado una postal antigua en el primer portal, allí, al lado de un restaurante de mala reputación y ágil servir. No es edificio: es santuario. No es postal, es remebranza. Subo los peldaños, digito el código. He llegado al centro del bosque.
A la sombra de tu mirada centelleante vislumbro tu cuerpo misterioso, inabarcable, libre y armonioso, ajeno a cualquier posesión a no ser que fuera el de tu propia mirada. Allí, en la lejanía, libre y ardua, contemplo a la mujer que he encontrado en el bosque. Y es un encuentro, por demás, que jamás te librará de tu purpúreo misterio y adoración, ma belle vagabonde.



"La confesión desdeñosa", Breton


A veces, para significar “la experiencia”, se recurre en francés a esta expresión conmovedora: el plomo en la cabeza. Del plomo en la cabeza se supone que resulta para el hombre cierto desplazamiento de su centro de gravedad. Se ha convenido incluso en ver en ello la condición del equilibrio humano, equilibrio completamente relativo puesto que, teóricamente por lo menos, la asimilación funcional que caracteriza a los seres vivos termina cuando las condiciones favorables cesan, y cesan siempre. Tengo veintisiete años y me jacto de no conocer desde hace mucho ese equilibrio. Siempre me he prohibido pensar en el porvenir: si me ha sucedido hacer proyectos, era pura concesión a algunos seres y sólo yo sabía qué reservas les aportaba en mi fuero interno. Sin embargo estoy bien alejado de la despreocupación y no admito que se pueda encontrar algún reposo en el sentimiento de la vanidad de todas las cosas. Absolutamente incapaz de acomodarme a la suerte que me es deparada, herido en mi más alta conciencia por la denegación de justicia que no se excusa de ninguna manera, a mis ojos, por el pecado original, me cuido de adaptar mi existencia a las condiciones irrisorias, aquí abajo, de toda existencia. (…)
No quiero sacrificar nada a la felicidad: el pragmatismo no está a mi alcance. Buscar consuelo en una creencia me parece vulgar. Es indigno suponer un remedio al sufrimiento moral. Suicidarse sólo lo encuentro legítimo en un caso: no teniendo en el mundo otro desafío que lanzar sino el deseo, no recibiendo mayor desafío que la muerte, puede llegar a desearse la muerte. Pero ni se plantea la posibilidad de idiotizarme, sería condenarme al remordimiento. Me he prestado a tal cosa una o dos veces: no me resulta. (…)
En todo caso me he jurado no dejar amortiguarse nada en mí, en la medida en que pueda yo influir.
No por ello observo menos con qué habilidad la naturaleza trata de obtener de mí toda clase de desistimientos. Bajo la máscara del hastío, de la duda, de la necesidad, intenta arrancarme un acto de renuncia a cambio del cual no hay favor que no me ofrezca. En otro tiempo no salía de mi casa sin haber dicho un adiós definitivo a todo lo que se había acumulado en ella de recuerdos que atan, a todo lo que sentía listo a perpetuarse en ella de mí mismo. La calle, a la que juzgaba capaz de entregar a mi vida sus sorprendentes desvíos, la calle con sus inquietudes y sus miradas, era mi verdadero elemento: respiraba en ella como en ninguna otra parte el aire de lo eventual.
Cada noche, dejaba abierta de par en par la puerta de la habitación que ocupaba en el hotel con la esperanza de despertarme por fin al lado de una compañera que no hubiera escogido. Sólo más tarde temí que a su vez la calle y esa desconocida me fijasen. Pero esto es otro asunto. A decir verdad, en esa lucha de todos los instantes cuyo resultado más habitual es detener lo más espontáneo y precioso que hay en el mundo, no estoy seguro de que se pueda vencer: Apollinaire, tan perspicaz en muchas ocasiones, estaba listo a todos los sacrificios algunos meses ante de morir; Valéry, que había expresado notablemente su voluntad de silencio, se abandona hoy, autorizando la peor trampa sobre su pensamiento y sobre su obra. No pasa semana sin que se entere uno de que un espíritu estimable acaba de “sentar cabeza”. Hay manera, al parecer, de portarse con más o menos honor y eso es todo. Todavía no me inquieta saber de qué carretada me tocará ser, hasta dónde aguantaré. Hasta nueva orden, todo lo que pueda retrasar la clasificación de los seres, de las ideas, en una palabra mantener el equívoco, tiene mi aprobación. Mi mayor deseo es poder hacer mía por mucho tiempo la admirable frase de Lautréamont: “Desde el impronunciable día de mi nacimiento, he tenido por las planchas somníferas un odio irreconciliable.”
¿Por qué escribe usted?, se le ocurrió un día a la revista Littérature preguntarles a algunas de las pretendidas notabilidades del mundo literario. Y la respuesta más satisfactoria, Littérature le extraía algún tiempo después del carnet del teniente Glahn, en Pan: “Escribo—decía Glahn— para abreviar el tiempo.” Es la única a la que todavía me puedo suscribir, con la reserva de que creo escribir también para alargar el tiempo. En todo caso pretendo actuar sobre él y lo atestiguo con la réplica que di un día al desarrollo del pensamiento de Pascal: “Los que juzgan sobre una obra por regla son, con respecto a los otros, como los que tienen un reloj con respecto a los que no lo tienen.” Yo proseguía: “Uno dice, consultado su reloj: hace dos horas que estamos aquí. El otro dice, consultando su reloj: hace sólo tres cuartos de hora. Yo no tengo reloj; le digo a uno: usted se aburre; y al otro: el tiempo le dura apenas; porque para mí hace una hora y media; y me tienen sin cuidado los que dicen que a mí me dura el tiempo y que juzgo por mi reloj: no saben que lo juzgo por mi fantasía. “