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Bilis negra

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Sin siquiera darme cuenta, de un momento a otro, vuelve sobre mí la sensación amorfa, monstruosa, minotaurica. No hay lenguaje alguno que logre sobrellevarla— en estos momentos rasgo el fondo de mi pensamiento, extraigo de él una esencia invisible, inexpugnable, etérea—, y el cuerpo es partícipe de aquello que tan solo se siente en el interior, en ese cuerpo que nunca hemos visto, en esa carne que está triste y en ese líquido negro que se había escondido tras la coyuntura de algún hueso del pasado. ¿Cómo es posible tanta sorpresa, cómo es posible esta catarata de imágenes que me vuelcan sobre el pensamiento melancólico? Me duele alguna parte del cuerpo, pero me duele precisamente aquella de la que carezco. Adolesco de mi propia prótesis, y es allí donde se concentran mis desventuras. He escuchado muchas veces a recién amputados que sienten el fantasma del cuerpo ausente; sienten una rasquiña en la palma de la mano que ya dejó de formar parte de su cuerpo, sienten un calambre en las pan...

Vuelvo a ti, Dolores

Al volver a la ciudad, comprobé aquello que me habían dicho: mi Avispón Gris, enferma como hasta el momento lo ha estado, volvió a incapacitarse, esta vez aparentemente por una bujía o un desperfecto eléctrico. Caminé con incertidumbre hasta la esquina de Viladomat con Mistral, allí mismo donde había dejado meses atrás parqueada a Dolores de Andalucía, mi bici vinotinto que porta la elegancia femenil de las Grandes Damas de antaño, y sentí verdadera felicidad cuando la reconocí, allí mismo estaba, libre de la hamponería y vandalismo que caracteriza las calles del barrio— de cualquiera— de Barcelona. Esta mañana la tomé para ir a jugar fútbol; luego para ir a correos; luego para regresar a casa. Ya en la noche, luego de haberme dirigido a Paseo de Gràcia y haberla dejado parqueada al frente del Hotel Majestic mientras atendía a una invitación en el Tibidabo, regresé con la tranquila aún temerosa tranquilidad de encontrarla allí mismo. La ausencia de aire en las llantas hace que su rodam...

Gràcia

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Yo que siempre imaginé encontrarte en la calle Portaferrisa, tú saliendo de cualquier tienda con tus bolsas fulgurantes saltando a lo largo de las aceras, yo quizás caminando con la bici en las manos —nunca me ha gustado esa calle en momentos de congestión porque siempre tengo la impresión de estar a punto de atentar contra alguien—, yo que siempre creí que allí sería la primera vez que te vería luego de tantos meses, yo mismo que siempre creí eso, te veo aquí al frente mío en este bar de Gràcia, barrio que nunca me perteneció plenamente, barrio que me robaste y a la vez devolviste a la vida. Sentada al frente mío te veo sujetar tu copa de vino blanco y recuerdo cada centímetro de tu cuerpo: me vuelvo a dejar perder por entre los lunares de tu cara, reconozco tu sonrisa a pesar de la penumbra roja que nos rodea, alcanzo a descifrar tus dedos finos y pequeños, tus manos de gatito juguetón encima de la mesa de gruesas tablas de madera, e imagino tu espalda fina y tersa, la dimensión idea...

Before everything

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Sentado en mi escritorio, a medida que escuchaba avanzar los truenos que siempre aparecen por estas horas en el aire bogotano, y luego de haber terminado algunas cuestiones de la editorial, me dejé sorprender por la lluvia mirando la segunda parte de esa película que en muchos aspectos resuelve el futuro desolado de aquellos dos amantes que se conocen en Viena y se prometen volver a encontrarse en el muelle de la estación, seis meses después. Sentí alegría, debo aceptarlo, al saber que no se encontraron; que algo falló, que la cita se incumplió, porque desde siempre he considerado que las historias de amor tienen, necesariamente, que cumplir con su sino trágico. Así como en la primera entrega el momento que más disfruté es cuando los dos, sentados frente a frente, simulan llamar a aquél que los está esperando en alguna parte, permitiéndose así llenarse la boca de palabras de amor y de reconocimiento ante la seducción amorosa que sintieron, en la segunda entrega sentí un verdadero place...

"Ephemera", W.B. Yeats

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"Your eyes that once were never weary of mine Are bowed in sorrow under pendulous lids, Because our love is waning." And then she: "Although our love is waning, let us stand By the lone border of the lake once more, Together in that hour of gentleness When the poor tired child, Passion, falls asleep. How far away the stars seem, and how far Is our first kiss, and ah, how old my heart!" Pensive they paced along the faded leaves, While slowly he whose hand held hers replied: "Passion has often worn our wandering hearts." The woods were round them, and the yellow leaves Fell like faint meteors in the gloom, and once A rabbit old and lame limped down the path; Autumn was over him: and now they stood On the lone border of the lake once more: Turning, he saw that she had thrust dead leaves Gathered in silence, dewy as her eyes, In bosom and hair. "Ah, do not mou...

Santuario poético

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Ya he escrito sobre esto en otra ocasión, pero la verdad el sentimiento siempre es el mismo: al llegar a casa, luego de cuatro, ocho o doce meses, siento un verdadero placer en revisar, una vez más, la biblioteca que aquí dejé, que nunca saldrá, que siempre formará parte de ésta mi casa bogotana. Siempre me sorprendo con los mismos volúmenes, siempre busco alguno sobre el cual haya leído en Barcelona o en cualquier otra parte para poder consultarlo de nuevo, sentirlo familiar, saber que me estaba esperando desde que me fue regalado. En época universitaria, e igualmente cuando era profesor, sentía un verdadero placer por la compra de libros: cualquiera podía entrar en mi biblioteca, y entonces se me metía en la cabeza que el libro recién comprado no tenía por qué ser inmediatamente leído, así que lo separaba en una sección particular, y así me iba poniendo al día con cada uno de ellos. Ahora es diferente; ahora sé que cargar con los libros que compro puede ser tortuoso, en la medida en ...

En la altura

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Mi paso por la ciudad implicó un doble vacío: no me quedaría allí, y de quedarme no te habría encontrado. En pleno descenso sentí los cero grados con los que recibiría a sus viajeros, todos de madrugada. Caminé lo justo, buscando la puerta asignada, atravesando controles infames, policías injustos, sabiéndome en tenso movimiento. Sin embargo tu presencia etérea aplacó cualquier sentimiento de soledad, porque tú eres aeropuerto, eres estación, eres pasaje, eres puente, eres movimiento. Las ciudades, ya lo sabíamos, juegan nuestro juego: paso por aquella que nos vivió dirigiéndome a aquella otra a la que pertenecemos, pero que jamás nos ha cruzado. Tú, por tu parte, estás en una ciudad que desconozco, que de hecho hasta antes de tu viaje había cargado con dolores del pasado y tétricas divagaciones— en ti recuperé la ambición de la playa lisboeta— y dentro de algunas semanas irás a otra que conozco como ninguna. Somos la calle, somos el pasaje: en nuestros ojos se puede leer la dirección ...